El entrenador tiene una larga historia en el fútbol, y durante algunos momentos se cruzó con argentinos para bien o para mal.
«Confío en mi visión y mi estructura. La gente me llama arrogante: no podría importarme menos. No soy arrogante, creo en mi visión, en una estructura particular para que las personas de la organización puedan confiar en un marco claro». La frase lo define. Es Louis van Gaal tamaño escala. Un hombre de 71 años que sigue pensando en tácticas depotivas.
Para perfilar mejor el aura del neerlandés hay que viajar hasta su infancia. Su primera memoria del fútbol la tiene jugando en la calle con sus ocho hermanos hasta diez años más grandes. Era considerado un joven existoso. Destacado en la escuela y los deportes. Era líder, capitán en todos sus clubes. Incluso en la facultad de Educación Física enseñaba a los alumnos de 20 años teniendo tan solo 17.
Toda su vida tuvo en la cabeza ser entrenador. Mientras sus compañeros pedían autógrafos a los futbolistas, él se enfocaba en Rinus Michels. Mucho más cuando entendió que no sería un jugador de élite y decidió prepararse para ser director técnico.
En 1988 le llegó su oportunidad como entrenador U-19 de Ajax. Tan solo dos años después pasó al primer equipo, cuando Leo Beenhakker decidió irse intempestivamente a Real Madrid. Unos primeros seis meses de terror casi lo sacan, pero alcanzó a ganar la Copa de la UEFA y seguir con vida. Ese triunfo se gestó con Danny Blind y Wim Jonk de defensores centrales. ¿Lo extraordinario? El primero era un lateral ofensivo, el otro un volante. Un aspecto impensado para la época.
Finalmente creó su obra cumbre en su primera experiencia. Con un plantel cuya media de edad promediaba los 23 años venció al Milan en la final de la Champions League. Un secreto suyo es que a muchos los había entrenado en las juveniles, como a Seedorf o a Kluivert, autor del único gol.
En esta época tendría su primera conexión con Argentina. Él no lo sabía, pero del otro lado del mundo había un rosarino con cientos de videos de su equipo. Los miraba una y otra vez. Analizaba los movimientos y las decisiones. Se llamaba Marcelo Bielsa.
Según comentó en una de sus exposiciones, observó más de 200 partidos del Ajax de van Gaal gracias a unos VHS que recibía directo desde Europa. A partir del encuentro 150 decidió pedirle a su mujer que le diga en qué minutos hacia los cambios. «Recién creí que sabía algo de lo que sabía van Gaal cuando acerté todo los cambios sin haberlos visto», reconoció Bielsa.
Fiel a su estilo, también aclaró que nunca creyó saber lo que sabía el neerlandés: «Yo no sé qué siente, cómo trasmite lo que siente y no sé qué recursos utilizaba para que adentro del campo suceda lo que él logra que suceda. Por lo cual, del único pedacito de la mente de van Gaal que me apoderé es el de interpretar el juego y proponerle soluciones a través del cambio, que es una cosa mínima«.
Tras su irrupción en la élite europea, el siguiente paso fue Barcelona. Llegó en 1997 y rápidamente promovió a cinco juveniles: Xavi, Iniesta, Puyol, Valdés y Motta. Allí ganó dos veces la liga y una Copa del Rey. Dejó el cargo para tener su primer ciclo en Holanda, el cual catalogó como «tal vez el mayor fracaso de mi carrera», luego de no clasificar a la Copa del Mundo 2002.
Con el deber sin cumplir volvió a Barcelona y llegó su segundo cruce con un argentino: Juan Román Riquelme. El astro argentino era considerado uno de los mejores futbolistas sudamericanos, ya había tenido una exhibición amistosa contra los culés y otra en la Intercontinental ante Real Madrid.
Llegó por once millones de dólares, se presentó junto al presidente Gaspart y a van Gaal. Unos minutos después estaba en el despacho del entrenador, con decenas de videocintas desparramadas en el escritorio, recibiendo malas noticias. «Estos videos son todos de usted. Es el mejor jugador del mundo cuando tiene la pelota, cuando no la tiene jugamos con uno menos».
La palabra clave del entrenador es filosofía. Tiene una estructura donde cada parte suma al todo y eso importa más que las individualidades. La táctica ordena. En su sistema Román tenía que jugar de puntero izquierdo. No obstante, su sangre argentina le tiraba más y decidió aventurarse por el medio del campo. A pesar de que su lectura no fue mala y dio rédito, al DT no le gustó. «Yo estaba contento, pero al otro día en el entrenamiento me dijo: usted es un desordenado, todos dicen que jugó un partidazo pero yo a usted le dije que tenía que jugar de puntero izquierdo». Con el tiempo jugó cada vez menos.
A pesar del desencuentro deportivo, Román lo reivindicó en un aspecto: «Fue de las pocas personas que me dijeron las cosas en la cara. El primer día me sentó y me dijo que era una contratación del presidente, que él no me había pedido. Yo prefiero gente así, a esa que da un abrazo y me dice que es el hombre más feliz del mundo pero después no me pone».
Con su idea y sin Riquelme le fue mal. Tras varias derrotas y pañoladas de la grada, se tuvo que ir en mitad de la temporada. Fue su segundo fracaso consecutivo.
En su labor como entrenador y fiel a la escuela holandesa, piensa en táctica día y noche. Su formación ideal es 4-3-3. Esto, entre otros aspectos, le permite generar triángulos en toda la cancha. Más allá de la cuestión geométrica y de que triángulos se pueden hacer con todas las formaciones, lo que realmente le interesa es que sus dirigidos tengan siempre, al menos, dos pases claros.
Al preguntarle por su estilo dirá que quiere ocho líneas en el campo. Es decir, diferentes alturas. Esto hace que los espacios se ocupen mejor. Además, considera a la transición como el momento más importante del juego: «es cuando debes aprovechar porque tu rival no está organizado».
Este caractér fue lo que sorprendió a Martín Demichelis, hoy entrenador de River, cuando van Gaal llegó a Bayern Múnich luego de su buen paso por AZ Alkmaar: «el fútbol alemán era 4-4-2, de ir y venir, ir y venir. Él empezó a poner una pausa. Empezó a abrir los centrales. Empezó a encontrar los interiores. Él cambió. Me marcó mucho como jugador y como entrenador a la hora de ver, analizar y plasmar el fútbol».
En su lapso por Alemania también se tiró contra la FIFA. «Esta comisión de regulación es una comisión de viejos. No es transparente», dijo cuando Blatter y compañía no aceptaron diversos cambios que propuso. Algunos eran irrisorios, otros muy interesantes. Prácticamente como él.
Primero quiso terminar con los laterales sacados con las manos, luego con la tanda de penales. Prefería eliminar un hombre cada once cada cinco minutos. Es decir, a partir del 115′ quedaría un 6 vs. 6. Otra muestra clara de que para él lo colectivo debe primera por encima de lo individual.
También tomó como referencia al baloncesto para pedir dos árbitros, uno en cada mitad del campo y un tercero afuera observando todo por una computadora. Algo que hoy, con sus lógicos cambios, es el VAR. Por último, quería ponerle un chip a la pelota para saber si el gol era legal o no: «es importante que la gente ya no decida, que lo haga la tecnologia porque es indpeendiente y objetiva».
Con los bávaros ganó un título de liga y se fue llegando al final de la segunda temporada para tener su segunda oportunidad en el combinado nacional de su país. Debía sacarse la espina y lo hizo. Se clasificó a la Copa del Mundo en Brasil 2014.
Lo primero que hizo para llegar hasta ahí fue elegir a todo su personal, incluso antes que a los jugadores. Fueron 37 personas a cargo más los 23 jugadores de campo. Aprendió de sus errores y estuvo en todos los detalles. Hasta la temperatura, la humedad y los recorridos. Pensó cómo todo eso impactaría en el cuerpo de los neerlandeses una vez pisar Salvador, Porto Alegre y San Pablo.
Estudió y llegó a la conclusión que una vez ahí sus dirigidos iban a rendir un 20% menos. Pero el resto también. Por eso tenían que estar e forma. Incluso consultó a profesores para lidiar con el jet-lag. Finalmente logró un equipo físico que no llegó a la final porque se cruzó con Argentina. Y en los penales hubo un héroe: Sergio Romero.
El arquero contuvo un par de penales. El mismo que tuvo en AZ Alkmaar años atrás. En la rueda de prensa siguiente Chiquito sólo tuvo palabras de agradecimientos para con él y dejó un concepto sobre el DT: «es una persona que enseña muchísimo al jugador a estar más atento a todas las jugadas. Desde que llegué a Holanda me dijo que el arquero no es arquero en su equipo, sino que es un jugador más. El equipo de él jugaba con once jugadores».
Si hay un futbolista que expone el pensamiento ortodoxo de van Gaal es Lionel Messi. Para Louis es simplemente un gran jugador individual. En 2014, «¡No vi mucho a Messi en ese partido! Nosotros fuimos mejor equipo». Y más adelante, «me gusta Messi como jugador individual. Es el mejor jugador individual del mundo porque sus estadísticas son asombrosas. ¡Me gusta! Pero, ¿por qué no gana la Champions desde hace cinco años?». No obstante, nunca tuvo un cruce con él. Pero sí con otro emblema.
Ángel Di María llegó al Manchester United con la difícil tarea de portar el número siete. El de Best, Cantona, Beckham y Ronaldo, entre otros. A Fideo no le pesó: comenzó con buenas sensaciones, haciendo goles y dando asistencias. Su problema fue, dicho por él, el entrenador.
«Me peleé con él, discutí muchas veces. Me quería ir a la mierda. La dirigencia sabía que mi problema era el técnico. Ganábamos 3-0, hacía un gol y una asistencia y al otro día en el entrenamiento me llamaba y me mostraba videos de los pases que erraba. Y así constantemente», expresó el argentino antes de explotar. En poco tiempo respondió que no lo pusiera si no lo quería. De hecho, el neerlandés le hizo caso. «En un momento venía jugando bien y me limpió de un día al otro. Dije bueno, lo habrá hecho para que descanse. No entré, y desde ahí siempre al banco». La teoría del rosarino es que su exposición le molestaba. Finalmente encontró sitio en París donde fue feliz.
La historia de Louis van Gaal con Argentina tiene momentos buenos y otros malos. Sin dudas la esencia del futbolista argentino no es la más querida por el entrenador, pero es innegable que ha sabido marcar a toda una generación. En un puñado de días se volverá a escribir un capítulo de esta historia repleta de fútbol.