A punto de cumplir un siglo, la conductora celebra su vida marcada por el nacimiento del cine sonoro, la creación de un formato único y los golpes más duros. Un repaso por los hitos y las frases que la convirtieron en leyenda.
“No soy anciana, soy una mujer grande”. La frase, lanzada hace poco más de un mes, define a Rosa María Juana Martínez Suárez, la mujer que este lunes celebra sus 99 años. Conocida por todo un país como Mirtha Legrand, su vigencia atraviesa generaciones y la consolida como una figura central de la cultura argentina, con una trayectoria que se forjó a la par de la historia del espectáculo nacional.
Nacida en la ciudad santafesina de Villa Cañás en 1927, “La Chiqui” llegó al mundo minutos después de su hermana gemela Goldy y antes de que se estrenara la primera película sonora. Tras la temprana muerte de su padre en 1937, su madre se mudó con sus tres hijos a Buenos Aires, el ecosistema donde Mirtha y Silvia Legrand dieron sus primeros pasos artísticos hasta debutar como extras en Hay que educar a Niní.
El estrellato llegó rápido. Con solo 14 años, protagonizó Los martes, orquídeas, una película que la catapultó a la fama. La noche del estreno en el cine Broadway, la joven actriz tuvo que abrirse paso entre la multitud que aclamaba a las figuras consagradas. “Señor, esa nena de la foto del afiche, soy yo”, le espetó sin éxito a un reportero, una anécdota que pinta el germen de la diva que ya buscaba su lugar bajo los flashes.
Sin embargo, su reinvención más radical llegó en 1968, cuando el empresario Alejandro Romay le propuso un formato inédito tras verla en el programa Sábados de la bondad. “¿Comer en televisión?”, respondió ella con sorpresa. Así nació Almorzando con las estrellas, un ciclo que rompería todos los récords de permanencia con una misma conductora al frente y que se convertiría en una arena política ineludible para el poder de turno.
En esa mesa, Legrand se transformó en una entrevistadora incisiva que incomodó a más de un invitado. Su estilo quedó patentado con preguntas que resonaron en la agenda pública, como cuando le consultó al matrimonio Kirchner si “¿se viene el zurdaje?” o le advirtió a Mauricio Macri que “no ven la realidad”. Su peso en la escena nacional quedó demostrado en 1974, cuando el gobierno de María Estela Martínez de Perón levantó su programa del aire por un comentario político.
Pero la vida de la estrella también estuvo marcada por dolores profundos que procesó frente a su público. La muerte de su esposo, el director Daniel Tinayre, en 1994, la enfrentó a una nueva realidad. Ella misma confesó el impacto de llegar a su departamento por primera vez sin él y pensar para sus adentros: “Chiquita, esto es la soledad”.
El golpe más cruel llegó en 1999 con el fallecimiento de su hijo Daniel. Mirtha se alejó de la pantalla durante seis meses, pero regresó al trabajo, el espacio que, según ella, siempre la sostuvo. Con el tiempo, reflexionó sobre sus ausencias durante la crianza de sus hijos debido a las largas jornadas de filmación. Con una sinceridad poco habitual, la conductora admitió el costo de su carrera en la vida familiar: “Alguna vez, me han reprochado la ausencia, pero yo les hacía entender que, gracias a nuestra actividad, podían llevar una vida confortable. De todos modos, si volviera a nacer, les dedicaría más tiempo a mis hijos. Los chicos, cuando vuelven del colegio, quieren ver a su mamá en la casa”.
A sus 99 años, Mirtha Legrand es historia y presente, una leyenda que supo capitalizar sus errores, pedir disculpas al aire y adaptarse a los nuevos tiempos sin perder la sagacidad que la caracteriza. La niña que en Villa Cañás le pedía a su niñera “el moño más grande” sigue ocupando, casi un siglo después, el centro de la escena.








