En la Argentina actual, el ajuste dejó de ser una política económica para convertirse en un producto comunicacional. Se anuncia, se celebra y se milita en redes sociales, mientras el impacto real queda afuera del encuadre. Gobernar, en cambio, parece haberse vuelto una actividad secundaria, incómoda, casi anecdótica.
En ese escenario, la segunda mitad de la gestión de Hugo Passalacqua empieza a marcar una diferencia nítida. No por grandilocuencia ni por épica, sino por una decisión que hoy parece ir a contramano: no retirarse del territorio cuando la crisis aprieta. Mientras desde Nación se predica la ausencia del Estado como virtud, Misiones eligió presencia concreta, ritmo y conducción.
El cambio no se explica solo por movimientos internos o recambios de nombres en el Gabinete. Se percibe en la dinámica cotidiana: más agenda, más recorridas, más contacto directo con intendentes, sectores productivos y vecinos. En un país donde muchos confunden gobernar con tuitear, Misiones volvió a poner el cuerpo.
Dwight D. Eisenhower decía que “los planes no valen nada; la planificación lo es todo”. La frase sirve para leer el momento. Gobernar no es anunciar ajustes ni publicar reels con consignas con espectacularidad; es sostener procesos, ordenar prioridades y tomar decisiones incluso cuando no son simpáticas ni rentables en términos de likes. A veces hay que cagarse en el engagement porque la gente necesita cercanía, presencia y sobretodo coherencia.
El contraste se refleja en el humor político. Intendentes propios y aliados leen una conducción activa, con iniciativa y capacidad de decisión. Algo cada vez más escaso en un escenario dominado por la lógica del shock permanente y la improvisación discursiva.
Además, esto está pasando en enero, un mes históricamente usado como excusa para el letargo estatal, para la caipirinha y el “suena a un problema para marzo”. Lejos de eso, la agenda provincial se mantuvo activa: anuncios, reuniones, recorridas y decisiones. Misiones optó por no desaparecer.
La gestión de cercanía, las decisiones chiquitas pero importantes para algún misionero, respuestas rápidas y políticas públicas que no prometen milagros, pero resuelven problemas son la norma. Menos relato, más ejecución. Menos escritorio, más territorio.
En pocos días Hugo se anotó un par de hits empaquetados como medidas de gobierno: alivio fiscal para estaciones de servicio de bandera blanca, desembolsos millonarios para productores tabacaleros, operativos sanitarios previos al inicio de clases, inversiones energéticas, avances industriales, políticas ambientales y fortalecimiento de sistemas de prevención. Todo en pleno enero, todo esto en vez de descer para BC.
Entre esas decisiones, una sintetiza el enfoque y expone el contraste con mayor claridad: el Boleto Estudiantil Misionero. Es alivio concreto al bolsillo, continuidad educativa y verdadera contención social.
Detrás de la mesurada presencia territorial renovadora hay un dato que incomoda a los libertarios más dogmáticos: el equilibrio fiscal puede convivir con un Estado activo. Según el economista Alejandro Pegoraro, Misiones fue la única provincia del NEA que cerró 2025 con superávit primario y financiero. El resultado es contundente: cerca de 90 mil millones de pesos de superávit primario y alrededor de 82 mil millones de resultado financiero.
El contexto vuelve esos números todavía más relevantes. Misiones registró una caída real de ingresos, tanto en recaudación propia como en transferencias nacionales. La diferencia estuvo en el gasto: mientras el promedio del país expandió el gasto en torno al 11 por ciento, Misiones tuvo la menor expansión de la Argentina: apenas 0,5 por ciento. Ajuste hubo, sí, pero con prioridades claras y sin desentenderse de la gente.
Mientras algunos celebran el ajuste como espectáculo y se lo defiende desde Twitter, Misiones muestra otra lógica: ajustar con inteligencia para no abandonar a la gente. Porque gobernar nunca es retirarse; es decidir dónde estar.
por Diego René Martín








